Color, movimiento y Cruz-Diez.

Por mi trayectoria cromática intento evidenciar el color como una situación efímera, como una realidad autónoma en continua mutación. Es una realidad porque los acontecimientos tienen lugar en el espacio y en el tiempo real. Sin pasado ni futuro, en un presente perpetuo. Es autónomo porque su puesta en evidencia no depende de la forma o de lo anecdótico, ni siquiera del soporte.

El color es un hecho autónomo que existe sin necesidad de la forma.

Carlos Cruz-Diez (Caracas, 17 de agosto de 1923) es un artista plástico venezolanouno de los máximos representantes del arte cinético a nivel mundial, que vive y trabaja en París desde 1960.  Su investigación ha aportado al arte una nueva forma de conocimiento sobre el fenómeno del color, ampliando considerablemente su universo perceptivo.

 

El Arte Cinético es una tendencia artísitica que está entre la pintura y la escultura, color y entramados geométricos que dan ilusión de movimiento, que puede ser por el viento, motor mecánico o simplemente por efecto virtual. El movimiento se creó en el París de los años 50 del siglo pasado. Carlos Cruz-Diez puso su residencia y estudio en esa ciudad, y entró de lleno en ese movimiento, llevándolo luego a Latinoamérica y sobre todo a Venezuela.

El arte cinético se integra a los espacios y fachadas arquitectónicas, enriqueciendo con sus efectos de luz, color y movimientos grandísimas extensiones, que de lo contrario serían anodinas. Asimismo, se usa también para hacer monumentos conmemorativos de grandes dimensiones, que son a la vez espectáculo y arte.

 

Uno de sus grandes aportes son sus grandes y penetrables extensiones de cables en colores primarios, que crean una membrana libre, o una cortina que se pueden traspasar de lado a lado, o como se desee.

Este servidor tuvo la gran suerte de atravesar uno, que estaba en el vestíbulo de la galería Ascazo en Caracas; este penetrable era azul, y la sensación es maravillosa, cuando al fin como fantasma se pueden atravesar las paredes, y se nos sale el niño, porque no podía dejar de reír y disfrutar algo tan sencillo y a la vez tan vivencial. Mis acompañantes también disfrutaron de este juego de color, luz y sensación táctil. Al fin se nos permitía vivir y caminar dentro de una obra de arte, que tenía de pintura, escultura y entorno arquitectónico: la sensación es única y la felicidad verdadera. ¡Salud!

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