Dos locos juntos

Gauguin quería irse de la abarrotada y manoseada Europa; deseaba conocer el paraíso primigenio,

el original, el del buen salvaje que nos hablaba Rousseau.

 

Van Gogh detestaba París; lo atarantaba, en esa ciudad no sentían ningún respeto hacia su pintura,

y para él, en su estadía, todo se redujo a tristes amoríos con prostitutas y mucho alcohol, que lo desquiciaba.

 

Van Gogh decide irse a un pequeño pueblo soleado llamado Arlés. Theo, su hermano, quien tiene una pequeña galería en París, le va dando pequeños adelantos de dinero para se sostenga en esa nueva aventura. A lo mejor esperaba que el aire limpio y la vida sencilla campesina obrarían algún milagro en la tormentosa mente de su amado hermano.

Vincent alquila un pequeño espacio de dos cuartos, cocina y una pequeña sala; se dedica a amueblarla con lo que va encontrando en el pequeño pueblo. Su plan es hacer un centro de artistas donde todos se ayuden entre sí y juntos descubran el nuevo arte, el verdadero. El se escribe con Gauguin y lo invita a vivir en en Arlés: es mucho más barato que París, tanto en alojamiento, como en comida y hasta en bebida. Gauguin le dice que sí y Van Gogh se dedica a pintar los cuartos, a llenarlos de flores, limpiar y tratar de que se vea lo mejor que se pueda. Sin embargo, es muy posible que Gauguin ni siquiera notara nada del esfuerzo del holandés, puesto que él ya no estaba mentalmente en Francia: su cabeza estaba en las rosadas playas de Tahití. Sin embargo, ante el entusiasmo de Van Gogh trató de llevar la fiesta en paz y le siguió a los enormes trigales dorados, donde el holandés pintaba con ímpetu loco, tostándose al sol y siendo picado por insectos hora tras hora sin descanso, lo que a Gauguin lo fastidiaba en extremo. Pronto se dieron discusiones, pasando de las palabras fuertes a los golpes, lo cual daba más la impresión de una pelea de amantes. Llantos y gritos, maldiciones y amenazas… eran la comidilla del pueblo, un pueblo para nada acostumbrado al drama de dos pintores que serían únicos en sus estilo, padres del arte moderno, pero sin crear escuela… dos callejones sin salida.

En una de estas terribles peleas fue cuando Van Gogh se corta la oreja; esto resultó demasiado para Gauguin, quien empaca apresuradamente y se va tras los pasos de su amado paraíso perdido, mientras Van Gogh va a dar con sus huesos al manicomio.

Anécdota de esa estadía: Van Gogh le dijo a Gauguin que cada uno retratara al otro. El holandés pinta a Gauguin con mirada de desconfianza, cansado y quizás ya bastante arrepentido de haberse dejado convencer de la quijotada del otro.

Pero del cuadro que pintó Gauguin de Van Gogh -que, dicho sea de paso, no le hizo ninguna gracia al holandés-  este exclamó molesto:

¡Usted ha pintado a un loco!

 

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