Hopper o la osadía de estar con uno mismo

Nos han enseñado que el ser humano no puede lidiar con la soledad, que se entristece, se deprime, que recurre a las drogas o al suicidio para aliviarla, y sin embargo, las ciudades del mundo están llenas de solitari@s que habitan los infinitos edificios de apartamentos, cines y teatros, las cafeterías y los bares.

Si el solitario sabe que está consigo mismo, que en realidad esa es la verdadera compañía de su vida, estará complacido y en paz; sin embargo, si le enseñaron desde muy niño que jamás solo, y que para solventar la soledad debe buscarse a otra persona, luego sigue que, aún siendo dos, deben traerse más seres para formar una familia en la cual no se estaría solo nunca jamás. Ahí es cuando una persona que queda rezagada de toda compañía, por cosas de la vida, y que se encuentra en un pequeño apartamento con toda la noche y toda la madrugada por delante, encuentra la desesperación.

¿Quién se atreve a entrar a un atestado restaurante y pedir mesa para uno y cenar solo?

Edward Hopper es un pintor estadounidense (1882-1967), que sabe retratar la enormidad de las ciudades norteamericanas, yéndose a lo diminuto de un cuarto de hotel donde habita una persona que lee el periódico, escucha la radio o mira por la ventana algo que no  ve el espectador del cuadro. Es un juego muy dado en las ciudades: un edificio alto que da hacia otro edificio alto; hay un exhibicionista que se sabe observado de alguna manera y se muestra por la ventana y hay un expectante voyeurista en otra ventana que desea ver sin ser reconocido. Los dos hallan placer.

Hooper es diseñador gráfico y hace el viaje obligado de todos los artistas de principios del siglo XX a París. Por un año vive en la vibrante ciudad del arte y trabaja paisajes de sombras contrastantes. Al regresar a Estados Unidos, vuelve los ojos a los enormes espacios del paisaje y comprende que ahí está justamente el motivo por el cual pintar. Las ciudades han crecido debido al auge económico; las grandes praderas donde antes pastaban los bisontes, ahora son populosos rascacielos, rodeados de trenes y autos y ruido las 24 horas del día y la noche.

Los cuadros engañosamente sencillos del artista cuentan lo esencial de lo que quieren decir: una secretaria busca en el archivador algún papel y su jefe que está en el escritorio contiguo, mira concentrado varias carpetas. La ventana nos dice que es de noche… hay una tensión fuertísima en el cuadro que no es más que una simple estampa de lo que sucede en la ciudad miles de veces en cientos de edificios de oficinas. Algo va a suceder y Hopper lo cuenta implacablemente.

 

 

Un hombre está en una estación de gasolina en una carretera vecinal, está en su trabajo y a sus espaldas hay un bosque enorme y oscuro, casi se siente la premisa del romanticismo: debajo del cristalino lago que refleja el cielo, habitan monstruos. El ser humano que ha creído doblegar la naturaleza y que al decir que con su presencia ya es el amo, aún es un ser desvalido ante sus fuerzas impredecibles.

 

Los pintores son como los magos que trabajan con humo y espejos, que relatan una historia en dos dimensiones y que, sin embargo, dicen una verdad. El espectador del cuadro es el que sentirá si el mensaje lo toca, le dice y lo transporta. Hooper sabía hablarle al ciudadano, mostrarle un espejo y verse reflejado sin sarcasmo o  sintiéndose superior.

Pintando bellamente el vacío y la soledad,

la cortina

en una ventana,

que da a un edificio

de una ciudad,

que lleva a otra ciudad.

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