Roma: una realidad que vivimos muchos.

La película mexicana Roma, dirigida y filmada por Alfonso Cuarón (la película está en Netflix), se desarrolla en una colonia de México DF, llamada Colonia Roma, donde residen familias constituidas por profesionales y personas que trabajaban en el Gobierno… un barrio de clase media acomodada. La familia en que se basa la historia la constituyen padre, madre, 4 hijos y una abuela, y en el servicio 2 muchachas indígenas, una que cocina, y la otra que limpia y es la nana de los menores. Justo de esta chica indígena, Cleo, es la mirada omnisciente de toda la película, testiga silenciosa y a veces invisibilizada de lo que pasaba en la casa y en el convulso México de los años 70.

Cuarón retrata a su familia en el lapso que va desde 1970 a 1971, cuando él contaba con 10 años de edad. Cleo y su compañera de trabajo hablan en español con los niños y los padres, pero cuando están a solas en la cocina o en su cuarto, en el dialecto indígena de su región.

           

La película, bellamente fotografiada en blanco y negro, retrata la vida en las calles de vendedores ambulantes de comida, juguetes, almacenes y pequeñas taquerías. Pero también aún está fresca la matanza de estudiantes en 1968 en Tlatelolco; Cuarón incluye una escena de una manifestación reprimida violentamente por los militares a golpes y bala. El dios Quetzatcoátl sanguinario y cruel reside en el ADN de los mexicanos, y de cuando en cuando reclama el sacrifio de jóvenes para complacerlo.

Muchos hemos vivido esa clase media latinoamericana, sin sobresaltos económicos, y viviendo en una tranquila abundancia: ni ricos ni pobres. Hay muchas referencias a esa época que traen el suave olor de la nostalgia.

Cleo ve la matanza con ojos asustados pero sin moverse; Cleo lava plancha y limpia; Cleo ve la familia desintegrarse en un divorcio; Cleo ama y es traicionada; Cleo no quiere ser madre; Cleo sufre callada como los millones de indígenas antes que ella… Cleo.

La mujer en que se inspiró Cleo y el director Alfonso Cuarón.

El director no les dio guion a los actores; cada mañana llegaba al set y explicaba en acciones lo que iba a suceder. A veces traía unas líneas para algunos actores y los hacía memorarizarlas,  y a la vez les ponía trampas para que se desconcentraran y no actuaran como ya pensaban hacerlo, para que la actuación fuera más verdadera y fresca posible, lo cual se nota.

Definitivo: una película que hará un parte aguas en el cine americano.

 

 

 

 

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